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Economías de América Latina

24 de septiembre de 2010

El buen momento latinoamericano (Diario “Río Negro”)

Puede que el Indec haya exagerado al informarnos que la tasa anual de crecimiento para el segundo trimestre del año actual se ubicó en el 11,8%, lo que la haría la más alta que hemos experimentado desde 1986, pero no cabe duda de que nuestra economía está expandiéndose a un ritmo muy fuerte luego de la caída –que no fue registrada por los responsables de confeccionar las estadísticas oficiales– que hubo en el 2009 a causa de la crisis internacional. También están creciendo con brío otras economías de América Latina, ya que con la excepción de Venezuela y Haití la región en su conjunto está disfrutando de un auge espectacular merced al aumento sostenido de los precios de materias primas y productos agropecuarios, de los que en nuestro caso el más importante sigue siendo aquel "yuyo" despreciado, la soja.

 
Con todo, si bien economistas ortodoxos y heterodoxos –keynesianos que quieren que el Estado desempeñe un papel protagónico y conservadores obsesionados por el gasto público y por la inflación– coinciden en que los cambios en el panorama internacional atribuibles a la irrupción de China y otros países asiáticos nos han sido muy pero muy favorables y que, para más señas, parecen estar consolidándose, hay un amplio consenso en el sentido de que, para que mejore definitivamente el estándar de vida del grueso de los habitantes de la región, será necesario impulsar la productividad. De acuerdo común, en este ámbito América Latina ha avanzado poco en los años últimos. Aunque en términos macroeconómicos el progreso ha sido notable, se ha visto motorizado menos por la evolución interna de las distintas economías que por la exportación masiva de recursos materiales de "valor agregado" limitado.

He aquí un motivo por el que en la Argentina los beneficios del crecimiento impresionante de la etapa actual aún no han llegado a amplios sectores de la población. Intentar remediar esta situación redistribuyendo el ingreso para que no lo acaparen los directamente vinculados con el agro u otras actividades que han conseguido aprovechar las oportunidades brindadas por las exportaciones no ayudará a solucionar el problema básico que consiste en la incapacidad, por una multitud de razones, de decenas de millones de personas para hacer un aporte adecuado al funcionamiento de una economía moderna. Huelga decir que se trata de un problema que es común a todas las sociedades del mundo, pero sucede que en nuestro país y en otros de América Latina es llamativamente mayor la proporción de los que carecen de la preparación necesaria, la "cultura del trabajo" y otros factores que, combinados, hacen a la diferencia entre un país desarrollado y uno que, con cierto optimismo, suele calificarse de "en vías de desarrollo" o "emergente".

El gran desafío que enfrenta la clase política de la Argentina y el resto de América Latina consiste en encontrar el modo de aprovechar la oportunidad planteada por el nuevo orden mundial que está configurándose para asegurar la participación positiva de la mayor cantidad posible de personas. Es cuestión de ir acumulando "capital social" y de esta manera reducir la exclusión de decenas de millones de personas que se han visto marginadas de la parte avanzada, podría decirse "primermundista", de la economía que se da en todos los países de la región y que propende a distanciarse cada vez más de los sectores rezagados. Redistribuir a través del sistema impositivo, o repartir subsidios a quienes logran hacerse oír, son a lo sumo paliativos que, al nivelar hacia abajo, pueden mejorar pasajeramente la imagen de un gobierno determinado pero no sirven para reducir definitivamente la brecha que, a juzgar por los datos disponibles, sigue siendo por lo menos tan amplia como resultó ser, para indignación de los muchos que imputaron el aumento de la pobreza al "neoliberalismo" del gobierno del presidente Carlos Menem, en la segunda mitad de la década de los noventa. Revertir la tendencia así supuesta requeriría un esfuerzo sostenido por parte no sólo de los docentes y alumnos del sistema educativo formal sino también de los dirigentes políticos, los empresarios, los sindicalistas y los "excluidos" mismos, pero parecería que es tan fuerte la propensión a privilegiar el corto plazo que pocos están interesados en emprenderlo.

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