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Educación/Trabajo - Mundo/Trabajo

 La educación y el mundo del trabajo (Diario “La mañana de Neuquén”)

 
Neuquén. Hoy se realizará una disertación sobre “La educación y el mundo del trabajo”, a cargo de la doctora Mercedes Gagneten. Será a las 17 en el Centro Educativo para el Hogar -Cepaho- N° 14, ubicado en Belgrano y Rufino Ortega de esta capital. La expositora tiene una amplia trayectoria académica como docente de grado y posgrado en universidades nacionales. Gagneten es licenciada en Servicio Social, magíster en Historia Latinoamericana por la Universidad Internacional de Andalucía y doctora por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Actualmente ejerce la docencia en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y en la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).

 

Un mundo sin trabajo (Diario “Río Negro” Opinión - Janes Neilson)

Franceses nostálgicos llaman "los treinta gloriosos" a los años de crecimiento económico vigoroso, pleno empleo y salarios cada vez más altos que se iniciaron en medio de la devastación provocada por Segunda Guerra Mundial y que llegaron a su fin en 1973, al aumentar de golpe el precio del petróleo. Lo que recuerdan no es tanto el nivel de consumo que fue alcanzado hace ya casi cuatro décadas no sólo en Francia sino también en muchos otros países cuanto la confianza de que, andando el tiempo, todos compartirían la riqueza que se generaba. No son los únicos que quisieran regresar a una época en que todo parecía previsible, sindicalistas negociaban acuerdos que garantizaban a sus afiliados empleos vitalicios y se creaban esquemas jubilatorios generosos destinados a ahuyentar para siempre el espectro de una vejez miserable. Para muchos, aquellos "treinta años" definieron la normalidad.

A partir de 1973, todo se haría más difícil. Aunque en el mundo desarrollado el ingreso per cápita se ha duplicado desde entonces y muchos millones de personas han disfrutado de una orgía de consumo sin precedentes en la historia del género humano, individuos, empresas y países enteros han tenido que enfrentar un desafío tras otro que los obligaría a cambiar, les gustara o no. Para muchos progresistas, el gran culpable de la incertidumbre resultante es "el neoliberalismo", pero la sensación de que nada es seguro no se ha debido a la propagación de una doctrina económica determinada sino a la lógica inherente al progreso tecnológico y la globalización que éste ha facilitado.

Si bien muchos han logrado adaptarse una y otra vez a nuevas circunstancias, quienes no consiguieron emularlos no han tardado en sentirse marginados, excluidos de la fiesta. Se han popularizado términos como "desocupación estructural" y "pobreza estructural" que, en algunos casos, reflejan la indignación de los convencidos de que hay algo muy malo en el orden social existente y en otros la conciencia de que siempre habrá una minoría conformada por los incapaces de cumplir funciones económicamente útiles pero que es necesario darles un ingreso porque de lo contrario las consecuencias sociales serían nefastas.

Mientras sólo fue cuestión de una minoría reducida de personas cuya condición desafortunada podría atribuirse a sus propias deficiencias, a la mala suerte o a la falta de justicia social, el problema pareció manejable. En muchos países, los gobiernos impulsaron programas educativos con el propósito de mejorar las perspectivas laborales de todos salvo aquellos que, por los motivos que fueran, siempre tendrían que depender de la ayuda social. Hasta hace muy poco, en los países calificados de desarrollados casi todos dieron por descontado que el "núcleo duro" de desocupados crónicos seguiría limitándose a gente de nivel educativo muy bajo, enfermos, drogadictos y holgazanes irremediables, pero últimamente se ha difundido el temor a que pronto incluya a millones de personas que, si son jóvenes, se han preparado debidamente para trabajar y quieren hacerlo o que, en el caso de los mayores, están acostumbrados a tener un empleo bien remunerado y cumplir sus tareas con responsabilidad.

Según las estadísticas disponibles, en Estados Unidos y la Unión Europea la economía está saliendo de la recesión en que cayó en el 2008 cuando el sistema bancario internacional se congeló, pero a diferencia de lo que sucedió en el pasado, el aumento generalizado de producción no ha dado pie a la creación de muchas nuevas fuentes de trabajo. Claro, hoy en día la mayor productividad se debe más al progreso tecnológico que a los esfuerzos de los empleados y, de todos modos, en un mundo globalizado las grandes empresas pueden aprovechar la mano de obra relativamente barata de países como China y la India, pero para quienes a pesar de tener diplomas impresionantes o años de experiencia valiosa no pueden encontrar ningún empleo, saberse superfluos es terriblemente humillante. Por lo demás, no es concebible que el 20% de los norteamericanos y europeos, o más, se resigne a la marginación permanente. En la Argentina, el proceso de exclusión ha sido gradual, pero en el Occidente primermundista todo ha sucedido en un lapso muy breve.

Durante "los treinta gloriosos" y los más de treinta años que les siguieron, se instaló la convicción de que en una sociedad sana casi todos deberían tener la posibilidad de conseguir por lo menos un puesto de trabajo respetable, pero merced al progreso tecnológico combinado con la globalización, hay una brecha, que propende a ampliarse, entre lo que necesita la economía para continuar funcionando a un buen ritmo y los intereses de las personas que dependen de ella. El viejo sueño de un mundo en que muy pocos tengan que trabajar porque en su lugar lo harán las máquinas, u obreros que vivan en otra parte, ya no es tan fantasioso, pero lejos de ser atractivo parece pesadillesco.

Para los dirigentes políticos occidentales la "solución" tendrá que provenir de un mayor esfuerzo educativo. Insisten en que, si los obreros industriales y quienes trabajan en "servicios" exportables de América del Norte, Europa y América Latina no están en condiciones de competir con los chinos, indios y otros asiáticos, será necesario prepararlos para ocupaciones mucho más sofisticadas. Tal planteo tendría sentido si hubiera motivos para suponer que los occidentales fueran mucho más inteligentes y aplicados que los asiáticos, pero no lo son. Igualmente aventurada es la noción de que un jornalero desocupado, digamos, o un gerente maduro que acaba de perder su trabajo puedan reciclarse en especialistas de alto vuelo. Por cierto, los programas costosos de expansión universitaria que han emprendido todos los gobiernos del mundo desarrollado no han contribuido a poblarlo de personas capaces de encargarse de las tareas económicas más rentables, dejando a los chinos e indios las apropiadas para gente de escasos conocimientos. Antes bien, han llevado a la proliferación de jóvenes diplomados cuyas expectativas no guardan relación alguna con sus posibilidades reales y que, tal y como están las cosas, en muchos países nunca tendrán los empleos para los que se prepararon. Así, pues, a menos que se restaure pronto "la normalidad", al mundo desarrollado le espera un período que nadie pensaría en calificar de glorioso.



 
 
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