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Revolución educativa
27 de julio de 2012
La gran revolución educativa (Diario “Río Negro” por James Neilson)
Desde hace miles de años, filósofos de la talla de Confucio y Platón, seguidos por pensadores acaso menos ilustres pero así y todo significantes como Plutarco y Quintiliano, además de muchísimos otros de tiempos más cercanos, están preguntándose ¿para qué debería servir la enseñanza?

La respuesta más frecuente, que debería servir para formar lo que hoy en día llamaríamos buenos ciudadanos, se presta a interpretaciones muy diversas, puesto que en sociedades totalitarias –y a través de los siglos, casi todas lo han sido– el buen ciudadano se destacará por su compromiso con la verdad oficial y su voluntad de obedecer con humildad las órdenes de sus superiores, mientras que en una democracia será por su adhesión a ciertos principios morales y, es de suponer, su respeto por los derechos ajenos y su deseo de privilegiar el bien común. Por lo demás, últimamente se ha hecho habitual dar prioridad a "la salida laboral", es decir, a la preparación de los jóvenes para que puedan contribuir en algo positivo y, desde su propio punto de vista y aquel de sus dependientes, económicamente provechoso, al producto bruto del país en que se encuentran.
 
Pues bien, nuestro ministro de Educación, Alberto Sileoni, acaba de hacer un aporte novedoso al debate milenario en torno a este tema tan engorroso, lo que es toda una hazaña. En opinión del funcionario, lo que hay que hacer es enseñar a los alumnos de "la escuela primaria y secundaria a ejercer nuestros derechos", comenzando con el de apoderarse de las instalaciones de colegios públicos para protestar contra manifestaciones tan flagrantes de injusticia como la privatización del bar o quiosco o la ausencia de una fotocopiadora, un artefacto que tal vez sea anticuado en otras latitudes pero que es considerado necesario por los okupas estudiantiles. Si de resultas de las protestas, alumnos indiferentes a las exigencias de la política no pueden estudiar, tanto mejor; a menos que aprendan a militar en apoyo de causas progresistas, terminarán como cómplices de los enemigos de la democracia.

Para alegría de Sileoni, los alumnos de dos colegios de elite porteños, el Nacional y el Carlos Pellegrini, han aprobado 'summa cum laude' el examen de militancia que, sin proponérselo, los obligaron a dar autoritarios de sentimientos retrógrados. Lo hicieron asestando un golpe fulminante a favor de la autogestión nutritiva al tomar posesión de los edificios principales de sus respectivas instituciones. El ministro, impresionado por el alarde de fervor progresista de los jóvenes porteños, víctimas ellos de la maldad macrista, no pudo sino felicitarlos por tamañas proezas que, afirmó, representaron "un triunfo de la educación y de la democracia".

De este modo, Sileoni se las ha arreglado para poner en su lugar a todos aquellos resentidos y amargados, especialistas en tirar pálidas, que dicen que en la era K la educación pública ha sufrido un deterioro tan grave que plantea una amenaza al futuro del país en la edad de "la economía del conocimiento" que, mal que nos pese, ya se ha iniciado. Aunque es posible detectar algunas deficiencias en la enseñanza de materias reaccionarias, propias de épocas ya superadas, como Lengua, Matemática, Física y Química, cuando de la militancia política se trata, el país está haciéndose cada vez más competitivo internacionalmente merced a los esfuerzos denodados de una generación de jóvenes resueltos a poner en práctica lo aprendido en las aulas.

Así las cosas, Sileoni tiene pleno derecho a jactarse por el éxito de la obra pedagógica que está llevando a cabo; como señaló, el que los alumnos participen de forma tan briosa en política "es un reaseguro para el futuro" y hay que celebrar el que la escuela se haya transformado en "una cocina de participación democrática, donde se aprende". No lo ha dicho el ministro, pero estará pensando en modernizar el currículo escolar agregándole cursos obligatorios en movilización callejera, escraches, el arte de garabatear consignas políticas insultantes contra Mauricio Macri y Daniel Scioli en paredes y otras materias que son imprescindibles para los aspirantes a ser admitidos a La Cámpora, la cofradía patrocinada por la presidenta Cristina que está en vías de erigirse en la nueva nomenclatura nacional. Por supuesto, algunos escépticos memoriosos dirán que a veces los períodos de ebullición estudiantil se han visto seguidos por catástrofes descomunales, desgracia que sobrevino no sólo a la Argentina de los años sesenta y setenta del siglo pasado sino también a países como Alemania y Rusia algunas décadas antes, pero el funcionario responsable de la educación nacional confía en que los chicos revoltosos continuarán sorprendiéndonos por su "madurez política".

Asimismo, al reivindicar con orgullo paternal lo que toma por evidencia de que partes del sistema educativo que administra se han convertido en auténticas fábricas de militantes políticos juveniles, Sileoni se encargó de contestar a los decepcionados por el desempeño nacional en las pruebas PISA que sirven para comparar el rendimiento relativo de los alumnos de 65 países distintos. Conforme a dichas pruebas, los argentinos aprenden menos que los chilenos y uruguayos y están a años luz de los tragalibros surcoreanos, los muy aplicados chinos de Shanghai y los finlandeses, aunque, por ahora cuando menos, no son llamativamente peores que sus coetáneos de Túnez y del nuevo socio estratégico, Azerbaiján.

Toda vez que se difunden datos de este tipo, pedagogos afines al kirchnerismo minimizan su importancia: nos aseguran que es perverso intentar comparar el desempeño educativo de chicos procedentes de realidades sociales y culturales que son radicalmente distintas y que, de cualquier modo, los argentinos aún sienten los efectos nocivos de una década de locura inhumana neoliberal. Con toda seguridad Sileoni coincide con aquellos expertos, pero también entenderá que los burócratas cosmopolitas a cargo de PISA cometieron un error imperdonable al limitarse a medir lo aprendido en materias tan antipopulares y tan extranjerizantes como la comprensión lectora, las matemáticas y las ciencias, ya que, de haber incluido en su lista la militancia política o, si se prefiere, la "participación democrática" en clave kirchnerista, los chicos del Colegio Nacional de Buenos Aires y del Carlos Pellegrini hubieran dejado atrás a casi todos los demás.

 

 
 
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